Categorias

Flecha en Asia (Parte IV)

Bueno, tras huir de Singapur con varios policías persiguiéndome (sólo por no haber usado la escobilla en el retrete de un restaurante y haber dejado un frenazo digno de un camión de La Guipuzcoana) aterrizé en Bali, Indonesia. Por si no lo sabeis, Bali es famoso por sus playas, sus olas, sus fiestas y sus carajillos de coñac. Estuve pululando por la isla un rato, hasta que una moza de buen ver me ofreció un masaje a buen precio (creo). Tras mi experiencia en la casa de masajes tailandesa, ya sabía yo de que iban los masajes asiáticos, así que no dudé en aceptar. La tia estuvo una hora frota que te frota, pero de happy ending nanai… se ve que aquí los masajes son masajes de verdad, y no como en Bangkok, que masaje es un eufemismo de irse de putas.

El frotar se va a acabar

Me frotó con unos aceites que resultaron ser de cacahuete, y como soy alérgico a los frutos secos, se me puso el cuerpo como el culo de un mono.

Tras meterme un par de inyecciones de urbason, me metí en el primer bar de mal aspecto que vi, un lugar que bien podía ser frecuentado por el padre de Paquito. Tras unos cuantos chupitos de Jagermeiester con unos estudiantes australianos, acabé hablando con una prostituta balinesa (que llevaba Blackberry, pero era puta sí o sí). Me contó que ahora le iba bien, pero que antes trabajaba en un burdel perdido en la selva donde el dueño las explotaba. Por lo visto el dueño se gastaba todo el dinero en el bingo local, y a final de mes ni las pagaba. Esta actitud me resultó familiar… concordaba con la descripción del padre de Paquito. Le pregunté la nacionalidad del dueño, y me dijo que era español. De dónde si no.

Raudo y veloz cogí un taxi y le pedí que me llevara al burdel perdido en medio de la selva. Cuando llegábamos, neones rojos nos anunciaron el club “Putas pa tós”. Es curioso como aunque esté en medio de la selva y no haya electricidad, un burdel siempre tiene un neón rojo. Entré y allí sentado estaba Francisco José Escobedo: el padre de Paquito.

Era más o menos así, pero con un futbolín en una esquina y un camarero negro con pajarita.

Era más o menos así, pero con un futbolín en una esquina y un camarero negro con pajarita.

Me senté a su mesa y me presenté con mi verdadero nombre. Él me invitó a una cerveza y me preguntó que qué me traía por ahí. Yo le dije que normalmente los varones con taras físicas aparentes que van a un burdel en medio de la selva sólo buscan una cosa. Él me dijo que lo sentía, pero que el futbolín estaba estropeado. La conversación empezaba a parecerse demasiado a la típica charla de James Bond con el malo, cuando los dos se hacen que no saben quién es el otro, pero en realidad lo saben, y llenan las frases de dobles sentidos. Así que decidí ir al grano directamente. Le dije que era amigo de su hijo Paquito, que me mandaba a buscarle porque estaba triste de no tener padre, y que todavía estaba resentido de que no le mandara nada, ni un mísero regalo por su comunión, ni nada. Le enseñé una foto de Paquito (en la que sale vestido de Jabba el Hutt, se disfrazó para una convención a la que acudió via webcam, claro) y le dije si no le daba pena tener un hijo del que no sabía nada.

En ese momento el padre de Paquito pareció dudar, y acto seguido señaló a mis espaldas y me dijo: “Mira, detrás de tí, un mono de tres cabezas!” Los monos de tres cabezas son una de esas cosas que siempre he querido ver, porque deben ser de lo mas curioso. Así que no dudé en girarme y con mi ojo disponible escudriñar el paraje selvático, en busca de tan inusual criatura.

Interpretación artística del momento: sustituir caníbales por servidor, y a Guybrush por el padre de Paquito. Ah, y el mono no estaba ahí.

Interpretación artística del momento: sustituir caníbales por servidor, y a Guybrush por el padre de Paquito. Ah, y el mono no estaba ahí.

Para mi decepción, no llegué a ver al mono, y cuando me di la vuelta el padre de Paquito se alejaba a todo correr por la selva. Uno no tiene entrenamiento militar para nada, así que me interné raudo pisándole los talones. Esquivando cocoteros, palmeras y turistas enfurecidos me fui abriendo paso, hasta llegar a una explanada por donde cruzaba una via de tren. Justo en ese momento pasó un convoy a toda mecha, y pude ver por el rabillo del ojo cómo el padre de Paquito saltaba con agilidad inesperada (inesperada para un hombre de esa edad y con claros síntomas de padecer gota) al tren en marcha. A mí ya no me daba tiempo a subir, así que miré a mi alrededor y vi a un israelí con una moto, que de pronto se encontró tirado en el suelo observando cómo un ágil mozo de un solo ojo se alejaba en su preciado vehículo. Si sirve de algo, le grité que no era un robo de motivación anti-semita, que les conozco y luego usan cualquier excusa para quejarse de que les tenemos manía.

Veloz cual nave del Wipeout perseguí al tren hasta que delante de mí se presentó una formación rocosa de aspecto similar a una rampa, así que no dudé en usarla para saltar encima del tren con mi moto.

A pesar de lo árido del terreno, es Bali. No creáis todo lo que véis en las películas.

A pesar de lo árido del terreno, es Bali. No creáis todo lo que véis en las películas.

Asombrado de encontrarme encima del tren, y no en el suelo con huesos rotos y moratones varios, frené y corrí tras el padre de Paquito, que por algún extraño motivo no estaba dentro del tren, sino corriendo por encima. Tras una trepidante persecución ambientada con música de John Williams (no lo soñé, era el hilo musical del tren y se escapaba por las ventanillas) llegamos a la locomotora: Francisco José estaba arrinconado.

Le miré a los ojos y le dije: “Tu mujer y tu hijo te esperan en Móstoles… abandona esta vida casquivana de chulo-putas en Bali y regresa con tu familia.” A lo que él respondió con una sonrisa ladina, y una ensalada de balas proveniente de una 9mm semi-automática que apareció en su mano como por arte de magia. Ver con un solo ojo tiene sus ventajas: una de ellas es que mi percepción visual se multiplica, ya que pongo toda mi habilidad en un solo globo ocular. Gracias a esto pude esquivar las balas. Bueno, y gracias a que el padre de Paquito tiene peor puntería que los malos del Equipo A, y a que el tren en movimiento no favorecía su ya de por sí mermada habilidad.

Tras intentar matarme (Paquito, esto no estaba en el trato, me debes un juego de la DS por lo menos), el padre de Paquito lanzó un grito al aire y me dijo que “jamás volvería a ese infierno”, para acto seguido saltar al vacío. Da la casualidad que en ese momento el tren cruzaba un puente por encima de un río, así que pude ver como mi objetivo caía al agua con un salpicón. Sopesé si saltar detrás, pero concluí que era demasiado riesgo para hacerle un favor a alguien que nunca me deja usar su ordenador ni comparte sus patatas, así que me metí al vagón restaurante y me pedí un Tang de fresa.

A la mañana siguiente cogí un avión a Móstoles. De camino a España medité sobre mi viaje y sus resultados: ¿estaría muerto el padre de Paquito? ¿compensó ser violado por un turista á cambio de un billete de avión? ¿por qué los asiáticos son todos TAN iguales? ¿hice bien en meter en mi maleta ese paquete extraño que me pidió un señor en el aeropuerto que le llevara? ¿dentro de Alf había un niño, o un enano?  Estas y muchas otras cuestiones vitales rondaban mi cabeza cuando por fín me dormí, a pesar de los ronquidos de la inglesa gorda que dormitaba a mi lado.

Veremos qué opina Paquito de todo esto cuando se lo cuente…

2 comentarios en Flecha en Asia (Parte IV)

Deja un comentario